Un gélido aliento salido de las entrañas del Teleno acaricia los tejados de Quintanilla, vestida de blanco. Puedo sentir el latido ancestral de ese corazón pétreo que ahora piso, hundido en lo más profundo de esta tierra austera, esa vibración en la planta de los pies enciende mis intenciones de amar estos paisajes desolados, mágicos, en los que flota un influjo de siglos pintando en el aire recuerdos que sin vivirlos, ahora respiro.
Apostado tras la cámara cautivo retazos, recortes de un escenario sublime, de una generosa naturaleza que adornó con mimo estos contornos de inusitada virginidad y belleza.
Hoy penetramos en este apasionante proyecto, armados con la ilusión de principiantes atravesaremos esta procelosa jungla del rodaje. Fito abre las puertas, en realidad siempre las tiene abiertas, como sus manos, repartiendo el tesoro de su transparente amistad, no tiene pliegues ni recovecos, es una ventana abierta al mediodía.
Alberto luce una espléndida y rizosa cabellera, es su signo de identidad, cuando le conocí mis ojos repararon de inmediato en ello. Le tengo delante de la cámara, observo su histriónica disposición y el brillo de sus ojos le delata, esta enamorado del proyecto. Es su cara la que encuadro, pero la imagen devuelve su alma cargada de infantiles anhelos. Son espejos a los que mirar y reconocerte.
Néstor del Barco