La mano de Aurita

 

La primera madrina de honor de las Jornadas del entrecuesto ha sido “Aurita” Morán. Este hecho lejos de ser casual, atiende a la condensación de todos los valores que hemos querido alabar.

Estos son: Energía vital, aportación culinaria y humilde anonimato.

 

 

 

 

Pero con  esta mujer siempre he tenido un trato muy especial.

Su cantina, punto de reunión y merienda de mi padre, Aníbal, y sus amigos más íntimos, se convertía para mí en un rincón muy especial.

Cuando entraba buscando a mi padre para demandarle una propina, nunca le encontraba porque estaba en una estancia, solo frecuentada por los íntimos de Aurita.

Hasta esa estancia me acompañaba la cantinera, y hoy en esos mismos espacios que tenemos el honor de pisar infinitas veces en pro del rodaje de placeres olvidados, siguen apoderándose de mis recuerdos y de mis sentimientos.

Con la curiosa diferencia que ya no me parece tan grande el pasillo como lo recordaba.

 

 

 

 

 

Seguro que os ponéis en situación…. Un rapaz tirando la bici delante de la puerta de la cantina, apretando la chapeta con los dos pulgares al tiempo, y empujando la chirriona y pesada puerta  de madera y… todos los ojos de los clientes del momento clavados en ese rapaz haciéndole más menudo de lo que por sí es.

Y entre esa densa humareda que provoca el fumar  tabaco de picadura, en su mayoría…… algunos celtas corto y algún Farias del señorito casual con copa en ristre, los demás….. eran de vaso de vino, aparece la figura de la cantinera, lista y al quite, dándole la mano, quitando hierro al momento, y antes de que el rapaz acabara de decir “¿…mi padre…?”, ya le estaba encaminando por ese pasillo adelante, entrándole en la sala donde hacían la sobremesa esa camarilla tan familiar.

Uf!! Salvado, ya solo le queda aguantar el sonrojo de las picardías de alguno de los amigos de su padre, ya sabéis “… que si ¿ya tienes novia?” y esas cosas. Después su padre le preguntaba que quería, le soltaba un duro, y salía ralbando como el “tío los mistos”, desandando el pasillo, sin mirar ni de soslayo la estancia de la cantina al  pasar por delante de su puerta entreabierta, de donde salía además del humo y su asfixiante olor, el murmullo de encendidas conversaciones.

Cogía la bicicleta Orbea y hacia cantar el traca- traca del naipe que tenia sujeto al cuadro de la bici con una pinza, dejando intercalado este, entre los radios, para que al girar la rueda repicara pasando del traca- traca al sonido continuo que la velocidad provocaba….. TTTRRRRRRRRRR!!………..      Así hasta Ca´Nimia, donde cambiaba el duro por golosinas y galletinas de anís.

 

 

 

 

Tengo grabado en mis recuerdos muchas manos, la de Aurita la cantinera de Luyego de Somoza,  es una de ellas.

 

                                                                                                                                             

Lagartán.

 

 

 

 

CORNADA DE LOBO
Pedro G. Trapiello

10/04/2011

Morcillas de miel


Al igual que en la paella, en las empanadillas, en las migas o en el cocido, cada uno mete en las morcillas lo que vio meter, la norma del sitio o el librillo de su maestrillo, y así se manufacturan por aquí morcillas con mucha o poca cebolla, con canela o sin orégano, engordadas con migorra de pan o calabaza, sebo… hasta morcillas sin sangre se ven… galletas y membrillos echaba a su caldereta de cobre una mondonguera berciana (la cosa tenía su bouquet)… esto, por aquí… por ahí les endiñan arroz o las curan para que queden tiesas en potajes murcianos o asturianos y se pasen gritando en la puerta del estómago una tarde entera y su noche… o les echan piñones en Segovia, avellanas en Aragón y anises en Salamanca (de harina es su farinato )… también en otros sitios le propinan manzana, patata, pimientos… y por ese mundo adelante, ni te cuento: los alemanes tienen diez clases de morcillas (la famosilla es mortadelona cárdena); los italianos, veinte; los ingleses, hasta morcilla blanca, y los coreanos, unas cuantas… hay incluso morcillas argentinas, mejicanas o peruanas que llevan chiles, grasa, carnes… la sangre en tripa es algo universal… pero es la hechura, la especia y el guiño local lo que convierte este plato primitivo en un cosmos de diversidades… resumido: las morcillas son más antiguas que la orilla del río… y la más rara lleva siglos inventada… velahí, en alguna matanza babiana aún…alguien discurrió una de las morcillas más raritas que se vieron por esos mundos, es mitad morcilla y mitad chorizo, chorimorci le digo yo, se cura y se come a navaja como embutido, morcilla de campo que no hay que entrecallar ni freír.

Pero aún cabe la impensable y es de aquí, maragata, claro: morcilla de miel, lo que oyes, la repera en tripa… ¡y con mucha miel!… Fito Somoza y Néstor del Barco grabaron en Luyego un vídeo con Aurita, una de las últimas paisanas que saben hacerlas… y ahí levantan acta de todo el proceso. Mañana mismo será puro fósil este arte de entripar sangre de cerdo con sopón de ajo, pimentón sin duelo, aceite de freir ajos y cebollas, un tarro de azúcar y un catapún de miel… ¡qué guarrada!, dijo uno… pero se la sirve Ferrán Adriá y se espatarra en elogios, ¿qué apuestas

 

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Comentarios (2)

  • Como disfrutamos¡¡¡¡¡¡¡¡¡ que gente¡¡¡¡¡¡¡¡¡ que placer… pero este no se olvida. gracias por estos ratos y los que estan por venir, seguro que muchos. un abrazo a todos y gracias…
    y que goce, que elegancia, que profundos secretos.
    aurita¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ maragata¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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